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miércoles, 12 de marzo de 2014

Del despertar y el regreso

Su madre entró en su habitación para devolverle el pequeño espejo de mano que le había prestado para poder mirar bien el contador, metido en una especie de pequeño armarito en la cocina. 
Era posiblemente la primera vez que ese pequeño espejo era usado para algo más que para decorar una de las estanterías de su cuarto. Se lo había traído una amiga como recuerdo de unas vacaciones de verano en la playa, y era el típico espejo de mercadillo medieval o de esos puestos que ponen en los mercadillos de los pueblos turísticos. Muy bonito, todo sea dicho, de cabeza redonda y mango terminado en punta, metal color bronce decorado con grabados de flores y piedras de cristal de colores, lo exponía en su cajita original, la cual dejaba abierta, exponiendo tanto el espejo como el peine a juego, demasiado pequeño como para ser realmente útil, pero, lo dicho, ambos eran bonitos adornos.
En cualquier caso, cuando su madre se lo devolvió, con la cara de cristal mirando hacia abajo, no sabría explicar por qué, sintió la repentina necesidad de usarlo para su verdadero fin. Nunca había sido especialmente aficionada a mirarse en espejos, de hecho, tampoco sabría explicar el por qué, sentía la necesidad de rehuir cualquier superficie que la pudiese reflejar... Menos aquel día, en aquel momento, mientras su madre se marchaba cerrando la puerta, se miró en el pequeño espejos de mano... Y se quedó sin aliento.
¿Quién era? ¿Era ella? ¿Ella tenía ese aspecto? No podía ser... Era tan bonita... Era imposible que la persona del reflejo fuese ella, de hecho, le costaba creer que aquella imagen perteneciese a una humana. Pero lo sabía, era ella, y sonrió maravillada.
Nunca había sido egocéntrica ni especialmente presumida, ¿pero cómo resistirse a semejante visión?
¿Sus ojos siempre habían sido tan azules? Brillantes, como si se reflejase el cielo en el cristal en vez de ellos. 
¿Su piel siempre había sido tan nívea y tersa? Parecía terciopelo, o quizás seda. Se tocó la mejilla, sin apartar la mirada en ningún momento, asombrada, realmente no solo lo parecía, tenía un tacto maravilloso. Y su pálido no era enfermizo, era brillante como la luna llena sobre el cielo nocturno, destacando unas mejillas sonrosadas.
¿Y sus labios siempre habían sido tan delicados? Su boca era como de piñón, sin labios especialmente carnosos, pero dibujando una curva que les otorgaba un aire entre sensual e inocente, de algún color entre el rosa y el rojo, que cualquier maquillador desearía poseer en barra de labios.
Movió sus dedos por su cara, hasta que su mano agarró un mechón de pelo.
¿Siempre había sido tan rubio? Era tan sedoso como su piel, brillante y del color de las espigas de trigo dorándose bajo el sol.
A duras penas logró apartar la mirada de la maravillosa visión que le mostraba el espejo. ¿Eh? ¿Cuándo había salido de su cuarto he ido al salón de casa? ¿Y por qué sus padres la miraban de forma tan extraña? Ahora que lo pensaba, en realidad siempre había tenido la sensación de que la gente la miraba mucho, ¿acaso siempre había sido así de hermosa? ¿Por eso llamaba la atención? ¿Cómo es que no se había dado cuenta antes?
Observó a sus padres, que de pronto le parecían completos desconocidos. Eran tan ordinarios... No se parecía en nada a ellos, ¿cómo podía haber salido tan inhumanamente bella de unos padres tan corrientes?
Siempre había querido a sus padres, pero de pronto le desagradó su presencia. Le encantaba cómo la miraban, con adulación, pero es que de pronto le resultaban tan... feos y vulgares.
Por un momento, se preguntó si no sería adoptada o algo.
Se miró de nuevo en el espejo, sonriendo y suspirando de satisfacción. 
¿Eh? ¿Otra vez? ¿Y ahora cómo había llegado hasta el río? Es más, estaba metida en él hasta un poco por encima de los tobillos. 
Se inclinó y frunció el ceño, frustrada. Las aguas no eran del todo claras y su reflejo se veía oscuro. Se miró de nuevo al espejo. 
Ah... Al menos aún tenía eso para observar su belleza. Pero no era suficiente.
Volvió a suspirar, frustrada, se sentó sobre una gran piedra en la orilla y se puso a peinar sus cabellos pensativa. Vaya, además de un espejo no le vendría mal un peine, no debía descuidar su pelo, semejante beldad merecía los mayores mimos.. Un peine, quería un peine dorado como sus cabellos, nada más le haría justicia. Si tan solo pudiese tener un peine de oro sería feliz. Y otro espejo, o una superficie más grande que el pequeño espejo de mano, para poder admirar su belleza al completo, al fin y al cabo, si su rostro era así, ¿no merecería también su cuerpo admiración?
En estas cavilaciones estaba cuando un sonido la interrumpió, haciendo que se girara. Y lo que vio le gustó, le gustó mucho. Así que sonrió al muchacho que la miraba embobado, como si estuviese observando la maravilla más grande que jamás hubiese observado.
Oh, sí, aquello era mejor que un espejo... Le gustaba mucho, muchísimo, cómo se veía a ojos de aquel muchacho... ¿Quizás de él consiguiese su peine? Pero quería más, quería que más hombres la mirasen así...
La joven se rió, feliz, y se maravilló también del sonido de su risa, ¿siempre había sonado tan musical?

Y se dice, y se cuenta, que en los ríos, lagos y fuentes, es donde habitan las xanas, janas, moras y donas d'aigua, que a veces cambian por niños humanos a sus hijos, los cuales, como cualquier criatura feérica, regresan tarde o temprano a sus raíces, sintiendo la llamada de su verdadero ser...



Y esta fotico la hice en una excursión con mi familia a Aguallueve.